Netcook

Cada jueves compartía su receta, siempre la misma hora, 7 pm. Los primeros platos se perdieron en la marabunta de post diarios, pero aquella tarde, en el semáforo eterno del juzgado, de reojo, iluminó la pantalla del móvil, “carbón de calabaza, ahumado al curry con polenta y mantequilla de erizo”. Aparqué deprisa, corrí al ordenador de recepción a buscar el detalle: entre la ceniza rota brotaba un naranja intenso de hebras secas de calabaza, gotas de plancton, pimentón de curry, causa de polenta y una mantequilla de erizos empanada en aromáticas salinas y flores. ¿Quién estaba detrás de esta aparición? ¿Qué manos habían convertido la mantequilla en olas de mar y el pimentón de curry en arena de mil metales?

Chef nº5, no era un buen comienzo, un juego de palabras tan obvio para tanto talento en las yemas de los dedos. Decidí estar atento a su teclado y su perfil, su blog, sus tweets. Buceé entre sus contactos. Ni una foto de sus manos, de su pelo, ni una pista personal. Solo estampas de fogón, verticales vegetales con luz de atardecer, planos descarnados de cocina a pulmón, paletas de sabores imposibles, aceites de nácar, mensajes en la sal… Ni un teléfono, ni un email. No puedo entender tanto pudor entre tanto perfil desnudo.

Envié mensajes en botellas de la red, cada semana, cada receta. La carta del frío invierno caducaba, y llegada la primavera, aquel recetario de sensibilidad y luz podría trufar de sabor, por fin, el futuro del restaurante. Las últimas cartas habían pasado sin pena ni gloria entre un comedor cada vez más gris.

¿Dónde estás; quién eres; cocinas o respiras; emplatas o dibujas; trabajas cerca; es real el algodón de pomelo de la semana pasada; a que sabe tu aceite de “giraluna”; me dejas por favor ese muesli de lino; puedo utilizar tu toffe de tuétano?

Cada jueves, puntual, a la misma hora, en la pantalla del móvil, espero tus pinceladas, tus recetas de silencio, a fuego 2.0. Cada carta, sin querer, te reconozco en mi teclado…

Por cierto, ayer al pasar por la mesa número 5 recogí un pañuelo descansando en el suelo. Olía a mantequilla y curry. Lo recogí en silencio, quedó apoyado en el respaldo de tu silla, sin cruzar apenas la mirada. No puedo, no quiero que el próximo jueves, 7 pm, en la red o en la próxima carta, llena de luz de atardecer, falte tu receta.

net

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